¿Por qué te fuiste? ¿No podías esperar un par de años más para verme crecer? Fueron las preguntas que le hice a mi abuelita el día que Dios decidió que no estaría más tiempo con nosotros en esta tierra, pues su ciclo ya había terminado aunque yo creyera lo contrario. No podía soportar la idea de que, quien había sido mi segunda madre ya no estuviera conmigo, acompañándome en este difícil trayecto que llamamos vida. Porque esos son las abuelas, son nuestras segundas mamás, incluso muchas se convierten en madre sustituta ante la falta de tiempo de nuestras madres reales.

Las imágenes de mi amada viejita sentada frente a sus dos máquinas de coser, sólo contemplándolas debido a que su enfermedad le impedía poder realizar cualquier trabajo con ellas. Se estaban deteriorando por falta de uso al igual que ella; sin embargo, yo siempre hacía lo posible por hacer reír, para escuchar todas las veces que pudiera su risa, antes de que olvidara cómo hacerlo, gracias a Dios nunca lo olvidó. Y aunque su risa a veces parecía llanto y me llegó a sacar uno que otro susto, disfrutaba ver su dentadura ya vacía alargarse, su vientre mecerse hasta que le dolía. Fueron tantos años viviendo junto a ella, compartiendo la casa donde nos dio asilo a mis padres y a mí que nunca logramos retribuirle todo lo que nos dio. Tanto amor, cuidados, su exquisita comida y sus sabios consejos que me sacaron de un par de apuros.

Te ves tan tranquila ahí recostada que es difícil creerlo, pues nunca te gustaba estar haciendo nada, siempre buscaba algo en qué entretenerte y si lo encontrabas, me pedías que te acompañara. Me enseñaste a hacer manualidades para decorar la casa, a pintar en cerámica y a contar chistes tan blancos como tu cabello. Ya no importan los regaños que me diste, o aquella cachetada que bien merecida me tenía y que provocó que las lágrimas rodaran sobre mis mejillas. Todo eso fue para aprender y me sirvió para entender el problema que tenía. Ahora lo entiendo todo y me arrepiento de cualquier contestación que te haya dado. Lo entendí tarde, tan tarde que ya no estás aquí para que te lo pueda decir.

¡Quédate un par de horas más! Imploro al señor que está en los cielos para que me devuelva a mi viejita aunque sea por poco tiempo, que me permita decirle todo aquello que me guardé. Pero como ella misma decía: las cosas hay que hacerla en vida. Pero la vida avanza tan rápido que es imposible hacer y decir todo lo que deseamos, damos importancia en ocasiones a otras cosas más irrelevantes que a la misma familia. Pero lo entendemos tarde, cuando nuestro ser querido partió, y aun así volveremos a cometer el mismo error, pues el hombre está diseñado para tropezar con la misma piedra dos o más veces.

Corre a abrazar a tu abuelita, quiérela y ámala tanto como yo a la mía, porque yo ahora no puedo abrazar a mi viejita, tengo que esperar muchos años más, espero, para poder reencontrarme con ella y correr a sus brazos.