Nunca esperes a que la vida sea quien te dé la lección que debes aprender cuando podrías hacerlo si escuchas los consejos que alguien más te da o si fuiste testigo de algún acontecimiento que te pudo haber enseñado como evitar cierto mal pero decidiste seguir con tu día a día de forma normal, sin hacer caso a las señales. Mi abuela y mi madre siempre me decían que no esperara a que las cosas pasaran si podía ayudar a evitarlas, como no les hacía caso, se molestaban y me decías frases como “nadie aprende en cabeza ajena” o “déjalo que se de en la torre solito”.

Hoy estuve en el consultorio de mi padre, al cual he ido por las últimas dos semanas ya que aún no sé si quiero estudiar medicina. Pero fue en una consulta donde me recordaron estas frases, pues llegó una madre con su hijo. Mi papá revisó a las señora, con especial atención el pie diabético que padece, y mientras lo hacía el niño sacó un chocolate de la bolsa de su chamarra, el cual quizá escondió, pues al verlo su madre le dijo: “Ya te había dicho que no comieras más chocolates, ¿al rato quieres estar como yo?”. Nadie aprende en cabeza ajena, pensé. Mi padre se volteó hacia el niño y le preguntó que si le gustaban las inyecciones, a lo que el pequeño contestó que no, que le daban miedo, entonces le dijo que cuidara su alimentación pues si heredaba el problema de su madre, la diabetes, tendría que inyectarse insulina diario. El niño abrió grandes los ojos y devolvió el dulce a su bolsa.

¿Por qué no aprendemos de los errores o las afectaciones de los demás? La respuesta más lógica, creo yo, es porque tenemos el pensamiento positivo de que eso no nos va a pasar a nosotros. En nuestra cabeza no cabe la idea de sufrir una enfermedad crónica y grave como la diabetes, el cáncer, el SIDA, entre muchas otras. Es como un pensamiento de Superman, que nada puede matarnos, hasta que aparece nuestra kryptonita y nos debilita, nos va consumiendo y es demasiado tarde para revertir la situación. Es en ese momento cuando aparece el ‘hubiera’, y comienzas a imaginarte todas las veces que quizá no usaste condón porque no se sentía igual, o cuando comiste exceso de azúcares o todas las veces que dijiste ‘el último cigarro y lo dejo’, pero nunca lo dejaste. Bien dicen que el ‘hubiera’ no existe, ahora hay que aceptar las consecuencias.

Generalmente la vida tiene la bondad de darnos segundas o terceras oportunidades, nos pone frente a situaciones que podrían ser nuestro futuro, pero no nos gusta que nos digan qué hacer, preferimos experimentarlo, incluso tocar fondo nosotros mismos para que por fin nos caiga el veinte. ¿Para qué hacerlo de ese modo? Mejor hay que prestar atención a las situaciones que suceden a nuestro alrededor, quizá alguna de ellas nos dé una pista de lo que estamos haciendo mal en nuestras vidas y podamos recomponer el camino.