Hoy quiero platicarles una historia que me ocurrió ya hace algunos años, cuando tenía unos 15 años aproximadamente. Mi vida transcurría normalmente, entre la preparatoria y las salidas con los amigos. Todo iba relativamente bien, quitando los problemas comunes que todos tenemos durante la adolescencia, hasta que un síntoma comenzó a hacerse presente y afectó mi estilo de vida rutinario. Lo que sucedió es que orinaba en exceso y en abundancia, no sólo eran las ganas, sino que realmente hacía mucho y era orina color transparente. Iba al baño, hacía mis necesidades y al minuto ya tenía que ir otra vez. En ocasiones trataba de aguantarme pero simplemente no podía por mucho tiempo, cuando mucho unos 15 minutos, así que volvía entrar al baño. Al principio pensé que era por tomar mucha agua y por la época del año, pues era temporada de mucho frío, lo cual te hace querer ir al baño constantemente. Pero este síntoma, que a veces me dejaba descansar por algunas horas después de ir tres o cuatro veces seguidas al baño, me empezó a preocupar, por lo que llamé a un doctor que ha sido el médico de la familia por muchos años. Sin embargo, no estaba en México y no nos respondió el teléfono. Una amiga de mi mamá recomendó un doctor, quien enseguida acudió a la casa para revisarme y aquí empezó la pesadilla.

El pseudodoctor llegó a mi casa esa misma noche del día en que lo llamamos, me preguntó mis síntomas y le comenté del único que tenía, siguió cuestionándome otras cosas como si tenía mucho sueño, sed, frío, etc. La mayoría respondí que no, entonces comenzó a palparme el abdomen y enseguida hizo un gesto de preocupación y comenzó a gritar, o a hablar fuerte, aunque para mí era alaridos. “Que este niño se queda acostado. ¡No se puede mover!”, dijo. “Si te mueves podrías perder algún órgano, tienes diabetes y hay que empezar a tratarte”, añadió hacia a mí. Si no tenía diabetes, con esa noticia y sin decir ‘agua va’ me provocó que la tuviera. Con la cara pálida y los ojos llorosos sólo volteé a ver a mi mamá, quien se hacía la fuerte, pero sabía que tenía ganas de desplomarse. Sólo le dijo al médico que analizarían otras opciones y que lo llamarían. Yo estaba paralizado, no quería perder un órgano, así que no me movía. Toda esa noche mi familia estuvo llamando al doctor que nos ha cuidado por muchos años, sin descanso digitaba los números, hasta que el milagro sucedió.

El doctor respondió desde Argentina, mi madre le contó lo que había sucedido y éste le recomendó que me hicieran una biometría hemática, para checar mi sangre. También le dijo que podía moverme sin problemas, que sólo era un alarmista anticuado. Al día siguiente fuimos a unos laboratorios y esperamos un par de días hasta que nos avisaron que ya tenían los resultados. Cuando los tuvimos, el doctor de la familia ya había regresado a la ciudad y nos fue a visitar a la casa para leerlos. Al final resultó que mis glóbulos blancos se estaban reventando muy rápido, lo que provocaba la orina constante. Sólo requerí de unas vitaminas para fortalecer mi sistema y todo volvió a la normalidad.