A lo largo de mi vida he tenido varios amigos, algunos pasaron de ser compañeros a gente muy cercana a mí, otros todo lo contrario de ser muy cercanos se convirtieron en casi unos extraños para mí. Si algo he aprendido es que no siempre es el tiempo para todos ni para todo y eso está bien.

Además me he vuelto mucho más sabía sobre cómo administrar mi tiempo, ni siquiera tengo que pensarlo mucho basta con analizar cómo me siento para saber si quiero ver en ese momento a esa persona o no. Una de las señales más obvias y honestas es cuando no siento ningún remordimiento o culpa de decir lo que pienso.

Tuve un amigo que conocí desde la preparatoria, al principio solo nos llevábamos bien pero la convivencia hacía que nos hiciéramos más cercanos además de que en el grupo de amigos éramos los únicos que nos gustaba una serie.

 

El defecto que tenía mi amigo es que se desaparecía casi cada dos meses. Imaginen que una semana pueden salir con él y luego no contesta mensajes, de vez en cuando postea en redes sociales pero de ahí no pasa. Así que no les voy a mentir, cuando la gente se ausenta hace poca falta y te acostumbras a que no esté en tu vida.

Lo gracioso es que cada no sé cuánto tiempo iba a visitarme a mi casa como que me actualizaba lo que pasaba en su vida y yo hacía lo mismo. Generalmente yo tenía más historias que él y luego aunque le decía de broma “No te vayas a desaparecer” lo volvía a hacer, era peor que un cometa o algo así.

Vídeo cortesía de YouTube

Eventualmente dejábamos de tomarlo en cuenta para los planes, vivimos muchas cosas sin él y es que hay una diferencia significativa  -y al parecer obvia- de estar y querer estar. Ya pasando unos meses, pasábamos mucho tiempo sin saber de él, aunque se le extrañaba menos o simplemente ya no figuraba en el panorama.

Le mandaba mensajes de vez en cuando pero se tardaba en contestar alrededor de 2 o incluso 3 días. Cuando le preguntaba sobre que mensajería o red social usaba con la finalidad de contactarlo más rápido se tardaba aún más por lo que me cansé y dejé de insistir. Era muy cansado estarlo “cazando” para saber de él cuando nunca tuvo la iniciativa de iniciar la conversación conmigo.

Después de mil atentados de vernos lo logramos pero la desilusión vino pues aunque si nos vimos, básicamente me dijo que estaba “bien” y que en esos años no había pasado “nada”. Me niego profundamente a creer que en 24 meses hiciste lo mismo una y otra vez, peor que robot.

Y ni siquiera hablamos de otras cosas, una conversación que pudimos haber tenido en la comodidad de nuestras computadoras, me decepcioné mucho porque antes éramos muy cercanos y ahora sentía yo que no me quería contar nada.

(Información extraída de WOBI y Euroresidentes )

Entre broma y broma le mencioné que no se preocupara que lo fuera a dejar en paz pero hablaba muy en serio. Al otro día que nos vimos lo borré de mis redes sociales, me di cuenta de que no quería hablar con él, no esperaba que me dijera que estaba tan ocupado como Martha Rogers pero tampoco iba a escuchar que en tanto tiempo no hiciera nada.

No le avisé de mi decisión pues hay un punto donde no es necesario, la mayoría de veces la otra persona  tarda muchísimo tiempo en darse cuenta. Meses más tarde me manda mensaje invitándome a salir. En lugar de darle la vuelta al tema decidí ser directa y comentarle inmediatamente de que no quería verlo en un largo tiempo.

Minority woman with her children fighting in the background

Dejó el mensaje en visto y obviamente ya no me insistió. No sentí culpa ni nada por el estilo. Hay veces que las personas salen de tu vida y no todas tienen la posibilidad de regresar.

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