Su nombre era Donald y lo odiaba, la única forma de acortarlo era Don y eso le hacía creer a la gente que tenía dos décadas más. Él no eligió autor de nada, simplemente contó una historia que tuvo la desgracia de ver.

Donald era famoso por un libro que escribió hace unos años, una novela de como una mujer va perdiendo la razón poco a poco para terminar ahogada en un lago. Hace mucho tiempo le dejó de importar las historias desde que él se convirtió en una, y no era una muy animada.

Maldecía sus ojos siempre que podía por todas las cosas que había visto, algunas las había escrito otras vivían en una retorcida parte de su memoria que no quería visitar. Donald era muy serio y nunca le gustó interactuar con las demás personas, lo peor que le pudo pasar fue que se hiciera famoso prefería estar en carros con blindajes.

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Lo invitaban a todo tipo de entrevistas estúpidas, reporteros tomando fotos “¿Qué no lo ven? Eso es real ¿Por qué quieren leerlo?” pero al parecer ese era justo su atractivo. No lo entendía y nunca lo entendió.

Deseaba tanto desaparecer como el agua con tanto vapor, alguna vez leyó en un libro de hotel sobre la posibilidad de desaparecer de este plano sin dejar de ser él, lo cual tendría sentido porque eso es la muerte al final y al cabo solo cambias de forma pero todos dicen que “morirás” en la mente del otro.

Ese pensamiento le parecía muy estúpido no quería ser la versión de alguien más, quería ser su propia versión y ahí fue, en ese momento que comprendió que tenía que hacer. Investigó en los libros de los hoteles que había visitado, era una especie de magia negra que aparentemente te daba poderes para cambiar de forma y era tan sencillo.

Como todo libro de hechicería, la fe es buena consejera pero requiere un poco de ayuda, para desgracia de esta historia no se usó ningún material tan extraño, al contrario solo eran platas y hierbas que se pueden conseguir en mercados.

Pero este era ritual no era una forma cualquiera y ni siquiera el letrado de Donald podía saber lo que iba a pasar pensaba que si eso lo mataba no lo importaría quería hacer algo muy similar con eso.

Tomó su cuaderno favorito, un tintero, una pluma fuente y repartió el polvo por toda la tinta, se puso en el cabello, se tragó un poco aunque era muy amargo el sabor, por un momento le pasó por la cabeza parar pero no lo hizo.

Empezó a escribir sobre él “Mi nombre es Donald, yo…” al principio solo estaba escribiendo pero no sentía nada, lo que tardó en notar era una extraña sensación de vacío  en su pie, volteó a ver y estaba asustado porque parte de su pie ya no existía.

Pero empezó a darse cuenta de lo que estaba haciendo y por primera vez hace mucho una sonrisa se asomó en sus labios, siguió describiéndose en el cuaderno y a medida que lo hacía su imagen se iba debilitando, se estaba deshaciendo a letras, en cada frase que ponía, él lo sabía esa era la única forma de regresar al universo, se convirtió en una historia y se escribió hasta la última letra.

Ahí quedo en un hermoso cuaderno sobre una mesa de madera, regresó a las mismas historias que lo parieron a él. Donald y el universo estaban a mano.