La ruptura de varias relaciones te lleva, en ocasiones, a dar un repaso a tu vida amorosa para saber lo que has hecho mal o si sólo es mala suerte. Tras dos fracasos en mi último par de intentos por encontrar a la mujer de mi vida, comencé a recordar las chicas con las que he intentado formalizar una relación. Fue en ese lapso que mi memoria se fue muy atrás en el tiempo y me mostró imágenes de la primera vez que mi corazón empezó a latir con fuerza y que los nervios se apoderaron de mí al estar junto a una dama, en ese entonces era una dama muy pequeña.

Me encontraba sentado en uno de los pupitres del salón de quinto B de la primaria, platicando con mi mejor amigo cuando la vi entrar. Una niña de nuevo ingreso que al atravesar la puerta lo hizo en cámara lenta, su cabello se movía al compás del tic tac del reloj que nos avisaba de la hora de la salida o el recreo, sus labios sonreían mostrando una dentadura blanca, su piel parecía de seda y su uniforme le quedaba como un vestido de princesa. En ese momento no lo sabía, pero lo que había sucedido es que me había enamorado por primera vez, así de fácil y así de rápido.

Comencé mi plan de conquista regalándole paletas que compraba en la cooperativa, así le di la bienvenida a su nueva escuela y otros días sólo le deseaba un bonito día. Me fui acercando a ella, primero me cambié de lugar y logré establecerme detrás de ella. Le enviaba papelitos diciéndole lo bonita que era, le mencionaba que era muy inteligente y la invitaba a pasar el recreo conmigo. Ese sistema de conquista era tan infantil y puro que difícilmente se ve en nuestros tiempos, pero jamás lo olvidaré.

Los compañeros se burlaban de nosotros con el clásico cántico de que nos besábamos nuestras bocas, lo que a ella la ruborizaba y a mí me ponía a volar la imaginación de que algún día lo que decían se volviera realidad. La imagen de su boca pegada a la mía me hacían temblar de nervio y emoción, pero me daba vergüenza pedírselo, pues en ese entonces desconocía que los besos se robaban, no se pedían. Aunque ahora que lo pienso, nunca he robado uno, siempre lo he pedido. ¿Está mal? Después de un par de meses de hablar, reír juntos, comer en el recreo, muchas paletas de la cooperativa, le hice la primera pregunta importante: ¿puedo darte un beso?

“No porque no somos novios”, fue su respuesta inmediata. No supe qué hacer aunque la respuesta estaba enfrente de mis ojos. En cuanto recordé este momento mi mente empezó a gritar “¡pregúntale si quiere ser tu novia, pregúntale!”, como si mi jovencito yo pudiera escucharme y pudiera cambiar mi pasado y presente. Pero jamás lo pregunté, quizá me dio pena hacerlo enfrente de todos, en realidad no sé porque no lo dije. Lamentablemente no hubo una segunda oportunidad, una semana después de ese suceso me cambié de escuela y de estado, habían trasladado a mi padre a Querétaro. Insisto, nunca olvidaré mi primer amor, el de primaria.