Aún recuerdo el día que llegué a mi casa cabizbajo y pensativo. Venía de la preparatoria, donde nos habían preguntado si ya habíamos elegido la carrera que queríamos estudiar. En ese instante pensaba que aún faltaba mucho tiempo para esa elección, pero el tiempo vuela y jamás me di cuenta de lo rápido que es. No tenía respuesta, no sabía qué materia meter, me sentía perdido y ofuscado. Al llegar a mi hogar boté mis cosas en la sala y escuché que mi papá estaba trabajando en la cochera, la cual utilizaba de taller, y fui hacía allá. Me senté en las escaleras observando cómo mi viejo maniobraba su plotter de corte, hasta que me vio ahí sentado y me preguntó lo que me sucedía. Le conté y me dio unos consejos que hoy quiero compartirles. El motivo es que mi hijo, que apenas va en secundaria, le sucede lo mismo. Así que considero que es un gran momento para recordar los sabios consejos que me dio mi padre.

Lo primero que me dijo cuando le conté mi dilema fue que pensara en las materias que más me gustaran y en las que fuera bueno. Comentó que no siempre las personas son buenas en lo que más les gusta, y podrían aborrecer algo para lo que son extremadamente hábiles. Puso como ejemplo mi caso, pues él sabe lo fácil que se me dan las matemáticas, pero es una materia que no disfruto, que odio entrar, que siempre me castigan por estar distraído, pero en la que saco 10, siempre. Esto me puso a pensar en lo que me gustaba y en lo que no y le empecé a dar una lista. Entonces me dijo que ahora le dijera el por qué me gustaba. Resultó que algunas clases las disfrutaba porque el maestro era barco o porque estaba con mis mejores amigos, así que me pidió descartar esas y sólo me quedé con las que la explicación tenía algo que ver con la materia como tal, nada de factores externos.

Una pregunta que me costó mucho trabajo responder fue cuando me cuestionó cómo me veía en 10 años, tanto laboral como personalmente. Si me veía trabajando desde casa, en una oficina, en un taller, en la calle, si ya iba a tener familia, novia, esposa, hijos o iba a estar soltero. La verdad es que no entendí por qué necesitaba saber todo eso pero me puse a pensar. La respuesta no llegó y me la llevé a la cama, bueno, eso fue lo que me aconsejó mi viejo, que lo considerara con la almohada.

Para cerrar con broche de oro me preguntó: ¿Cuál es tu pasión? Recuerdo que me quedé con los ojos bien abiertos, enchuequé la boca y no supe qué responder. No tenía idea cuál era mi pasión, así que le pregunté cómo podría saberlo. “Si tuvieras el dinero necesario para vivir bien y no tener que trabajar nunca más, ¿qué te gustaría hacer?”. ¡Pum! De pronto la respuesta cayó como balde de agua fría y comencé a pavimentar el camino hacia mi primera gran decisión de vida. La tomé y ahora no me arrepiento gracias a mi viejo, que con sus sabios consejos me supo guiar. Ahora es mi turno para hacerlo con mi hijo.